Domingo de la I semana del Tiempo de Adviento.
Primera Lectura: Libro de Isaias 63, 16-19; 64, 2-7 Salmo Responsorial: Salmo 79 Tercera Lectura: Primera Epístola a los Corintios 1, 3-9
Evangelio según San Marcos 13, 33-37
"Estad atentos y vigilad, porque ignoráis cuándo será el momento. Al igual que un hombre que se ausenta: deja su casa, da atribuciones a sus siervos, a cada uno su trabajo, y ordena al portero que vele; velad, por tanto, ya que no sabéis cuándo viene el dueño de la casa, si al atardecer, o a media noche, o al cantar del gallo, o de madrugada. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad! "
Comentario
Con este Domingo se da inicio al nuevo año litúrgico en la Iglesia, a través del tiempo de adviento. Y el Evangelio de este fin de semana aparece como continuación de los últimos tres Domingos. Una invitación fuerte a velar, a estar despiertos (como las vírgenes prudentes), en medio de la realidad que Dios nos ha dado a cada uno (como los siervos de la parábola de los talentos), porque no sabemos el día, ni la hora, en la cual Él vendrá.
Dado que he hablado ya un poco de tales aspectos en los tres comentarios anteriores, quisiera, como cosa excepcional, hacer un breve comentario no al Evangelio, como es costumbre, sino a la primera lectura, encontrando en ella una maravillosa palabra para todos.
“Viene el Señor, viene el rey, viene el Esposo”, viene aquel cuyo nombre es “nuestro Salvador desde siempre”, nuestro Padre, dirá el profeta Isaías y así lo proclama la Iglesia en el adviento. Pero ¿por qué viene? ¿Por qué es esencial que hoy entre en mi casa? ¿Por qué necesito yo un Padre, un alfarero, un Redentor? ¿Necesito acaso ser de nuevo engendrado, plasmado, recreado? ¿Necesito ser salvado?
“Valemos lo que vale un paño inmundo” o como lo interpreta el Targum “nuestras obras son como un paño inmundo”, que hace impuro todo lo que toca. Sí, la justicia nuestra, las obras de nuestras manos, abandonadas a sí mismas, no pueden producir frutos de santidad. Sin Dios nos encontramos vagando, nos encontramos a merced de nuestros pecados y de nuestras culpas. ¿Cuántas veces has deseado hacer el bien y no has podido? ¿Cuántos propósitos hemos hecho cada inicio de año y cuantos hemos cumplido? ¿Cuantas veces nuestra justicia, nuestra forma de ver la vida, nos ha llevado a injusticias mayores (juicios, rencores, egoísmos, sentirse mejor que el otro)? ¿Cuantas veces le hemos pedido la vida a las obras de nuestras manos (el trabajo, el estudio, el arte, la música, el dinero, la belleza, nuestros proyectos)? ¿No es acaso nuestra voluntad de ser buenos por nosotros mismos, nuestra pretensión de ser justos delante de Dios por nuestras obras, lo que nos separa más de Él (lo que nos hace impuros)? Sin duda alguna todos hemos pecado y tantas veces nos hemos alejado de Dios. Y a lo mejor esa sea hoy nuestra situación. Y es por eso que necesitamos un salvador, es por eso que hoy podemos descubrir a Dios como aquel que viene.
“Vuélvete, por amor a tus siervos… ¡Ah! Si rompieses los cielos y bajaras… cuando hagas maravillas inesperadas” exclamaba Isaías, y añadía “borra nuestros pecados y nos salvaremos”. Pero ¿qué dice el profeta? Eso que suplicaba en su tiempo es ya un hecho. Aquello que Isaías anhelaba desde lo profundo de su corazón, es hoy para nosotros el anuncio de una realidad actuante. Alegrémonos porque Dios ya ha bajado, porque Él se ha hecho hombre y ha asumido nuestra precariedad, nuestra miseria y nuestros pecados y los ha borrado clavándolos en la cruz. Porque hoy se realizan aquellas maravillas inesperadas: Dios mismo se abaja a nuestra pequeñez para perdonarnos y para salvarnos. Él ha muerto en la cruz por ti y por mí, por amor a nosotros. Hoy se hace el encontradizo, hoy sale en ayuda de aquel que espera, a través de la palabra, de la eucaristía, de la comunidad, a través de la propia historia. Hoy rehace en nosotros por el bautismo la obra que el pecado ha destruido, como el alfarero moldea de nuevo la arcilla.
Esto hermanos es el adviento, es la obra de salvación que Dios realiza a través de su encarnación y que llevará a su plenitud en la escatología (al final de los tiempos). Obra que se realiza cada día en nuestra vida. El Hijo de Dios que se ha hecho hombre por ti y por mí, Aquel que vendrá al final de los tiempos como Rey y Señor poniendo todos nuestros enemigos bajo sus pies, es el mismo que hoy entra en tu vida, en lo más profundo de tu ser, para consolarte y salvarte; para ser allí el Señor. Una creación nueva que ira realizando poco a poco en nuestra vida, pero que hoy nos llena de esperanza y de alegría. Es “nuestro redentor desde siempre” ayer, hoy y en el futuro.
Pbro. Santiago Vélez L.
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