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La Misión
Misión Tierra Santa

La Misión

"Id y anunciad a mis hermanos que vayan a galilea, que allí me verán..." Mt. 28,10

 

"Y recorria los pueblos del contorno enseñando. Y llama a los Doce y comenzó a enviarlos de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus inmundos. Les ordenó que nada tomase para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: "Calzados con sandalias y no vistaís dos túnicas." " Mc. 6, 6b-10

La Iglesia, enviada por Cristo para manifestar y comunicar la caridad de Dios a todos los hombres y pueblos, sabe que le queda por hacer todavía una obra misional ingente. Pues los dos mil millones de hombres, cuyo número aumenta sin cesar, que se reúnen en grandes y determinados grupos con lazos estables de vida cultural, con ancestrales tradiciones religiosas, con los fuertes vínculos de las relaciones sociales, todavía nada o muy poco han oído del Evangelio; de los cuales unos siguen una de las grandes religiones, otros permanecen alejados del conocimiento del mismo Dios, otros niegan expresamente su existencia e incluso a veces lo combaten. La Iglesia, para poder ofrecer a todos el misterio de la salvación y la vida traída por Dios, debe introducirse en todos estos grupos con el mismo afecto con que Cristo se amoldó por su encarnación a las condiciones sociales y culturales concretas de los hombres con quienes convivió.

(Decreto “Ad Gentes” 10)

 

El futuro misionero ha de prepararse con una formación característica espiritual y moral para un empeño tan elevado. Debe ser capaz de iniciativas constantes para continuar hasta el fin, perseverante en las dificultades, paciente y fuerte en sobrellevar la soledad, el cansancio y el trabajo infructuoso. Se presentará a los hombres con apertura de alma y grandeza de corazón, recibirá con gusto los cargos que se le confíen; se acomodará generosamente a las costumbres ajenas y a las mudables condiciones de los pueblos, ayudará con espíritu de concordia y de caridad mutua a sus hermanos y a todos los que se dedican a la misma obra, de suerte que, imitando, juntamente con los fieles, la comunidad apostólica, constituyan un solo corazón y un alma sola (Hch, 2, 42; 4, 32).

(Decreto “Ad Gentes” 25)